Ayer, 8 de junio, fue cumpleaños de Juan Cirerol.
Y mientras escribo estas líneas me doy cuenta de algo curioso: para muchos, su nombre ya no remite primero a sus canciones. Remite a una polémica. A una publicación desafortunada. A una etapa oscura marcada por las adicciones, los excesos y una larga cadena de decisiones que terminaron alejándolo de una parte importante del público que alguna vez lo acompañó.
Pero para quienes descubrimos su música antes de todo eso, resulta difícil pensar en Juan Cirerol sin escuchar primero una guitarra acústica, una voz áspera y esa forma tan particular que tenía de retratar a los personajes que viven lejos de los reflectores.
No escribo estas palabras para justificar sus errores.
Tampoco para minimizar el daño que pudieron causar algunas de sus acciones.
Las críticas que recibió durante los últimos años no aparecieron de la nada. Hubo decisiones que tuvieron consecuencias. Hubo momentos en los que la decepción de parte de su público fue comprensible. Hubo puertas que se cerraron porque él mismo ayudó a cerrarlas.
Pero reducir toda una trayectoria a sus peores momentos también sería una injusticia.
Porque antes de convertirse en un personaje polémico, Juan Cirerol fue uno de los compositores más interesantes que produjo la música independiente mexicana durante la primera mitad de la década de 2010.
Apareció cuando buena parte de la escena alternativa buscaba sofisticación, mientras él parecía empeñado en hacer exactamente lo contrario. Sus canciones estaban llenas de polvo fronterizo, cantinas, carreteras, derrotas, humor negro y personajes que rara vez aparecen en las postales oficiales de México.

No parecía una estrella.
Y quizá por eso tantas personas conectaron con él.
Había algo profundamente honesto en aquellas canciones.
No hablaban desde el éxito.
Hablaban desde la supervivencia.
Discos como No Más Sirvo Pa’ Cantar, Ofrenda al Mictlán y Haciendo Leña ayudaron a construir una obra que sigue encontrando nuevos escuchas incluso años después de haber sido publicada. En ellos convivían el country, el folk, la música norteña, el punk y la tradición del corrido fronterizo, pero sobre todo convivía una voz propia.
En una industria donde tantos artistas intentan parecerse a alguien más, Juan Cirerol logró algo mucho más difícil: sonar únicamente a Juan Cirerol.
Por aquellos años comenzaron a aparecer comparaciones con Johnny Cash. La frase “el Johnny Cash mexicano” empezó a circular entre medios, seguidores y promotores. Como toda comparación era imperfecta, pero tenía algo de verdad.
No se trataba solamente de una cuestión musical.
Se trataba de actitud.
De esa capacidad para encontrar historias en los márgenes.
De cantar sobre perdedores sin burlarse de ellos.
De entender que las vidas rotas también merecen canciones.
Con el tiempo, sin embargo, la comparación comenzó a adquirir otro significado.
Porque al igual que muchos artistas marcados por una enorme sensibilidad creativa, Cirerol también comenzó a protagonizar una historia de autodestrucción.
Llegaron las polémicas.
Llegaron las adicciones.
Llegaron los episodios que hicieron que la conversación se alejara de la música y se concentrara cada vez más en el personaje.
Para una generación de seguidores fue doloroso presenciar esa transformación.
No porque los artistas deban ser ejemplos morales.
Sino porque resulta triste ver cómo alguien con un talento tan singular termina siendo recordado más por sus errores que por aquello que lo hizo importante.
Y quizá esa sea la verdadera tragedia.
No la cancelación.
No la funa.
No las discusiones interminables en redes sociales.
La verdadera tragedia sería olvidar las canciones.
Olvidar que hubo un momento en que Juan Cirerol parecía estar construyendo una de las carreras más interesantes de la música mexicana contemporánea.
Olvidar la influencia que tuvo sobre decenas de músicos independientes que llegaron después.
Olvidar la autenticidad de una obra que sigue sonando distinta incluso hoy.
Los errores existen y forman parte de la historia.
Negarlos sería absurdo.
Pero la historia completa también incluye todo aquello que vino antes.
Incluye los discos.
Las giras.
Los conciertos.
Las canciones que acompañaron a miles de personas.
Incluye a ese músico que durante años logró convertir la vida cotidiana de la frontera en algo universal.
Por eso, al recordar su cumpleaños, prefiero pensar en la complejidad antes que en la condena.
En la obra antes que en el escándalo.
En las canciones antes que en los titulares.
Porque las personas pueden perderse.
Los artistas pueden caer.
Las carreras pueden descarrilarse.
Pero pocas veces aparece alguien capaz de escribir canciones como las que escribió Juan Cirerol.
Y aunque el tiempo dirá cuál será el siguiente capítulo de su historia, hay algo que ya nadie puede cambiar:
Su lugar dentro de la música independiente mexicana ya fue ganado hace mucho tiempo.
Mucho antes de la polémica.
Mucho antes de la caída.
Y, probablemente, mucho después de ella.
