Hace un par de semanas terminé de leer 1984, de George Orwell. Mientras escuchaba Modern Kids y tenía mis quince minutos de reflexión en el trabajo, pensaba en cómo el libro no se aleja en nada de la realidad que hemos estado viviendo durante estas últimas décadas.

Desde este punto quiero advertirte que, lejos de ser una reseña del libro, este texto es más bien una serie de puntos que llamaron mi atención y que, sin querer, terminé hilando con nuestra realidad actual. También debo decirte que cada aspecto va acompañado de canciones, porque sí: mientras leía y me imaginaba ese mundo “distópico”, no dejaba de pensar en las canciones que acompañarían esos momentos.

OJO: CONTIENE SPOILERS.

Cuando comencé el libro, una de las primeras cosas que llamó mi atención fue esa escena inicial en la que Winston, nuestro protagonista, se sienta en su habitación con un cuaderno en mano y con ganas de escribir un diario sobre lo que estaba sucediendo en ese momento. Sin embargo, también tiene miedo de que el Gran Hermano se dé cuenta de que está ejerciendo su libertad de expresión, mientras una pantalla se encarga de vigilarlo.

Esto me hizo pensar que, si bien toda la vida nos han dicho que estamos siendo vigilados, me parece impactante que ahora lo hagan de una forma tan cínica. Pensaba en todas esas veces en las que hemos deseado algo y, automáticamente, aparece en los anuncios de nuestras redes sociales. Pareciera que nos leen la mente. Perturbador, ¿no?

Placebo basó gran parte de su documental This Search for Meaning en la idea de cómo somos vigilados y en la paranoia de Molko por no tener redes sociales ni sentir la necesidad de estar subiendo información todo el tiempo. Creo que por eso las medidas extremas en sus conciertos para prohibir el uso de celulares, aunque ese es otro tema del que quizá hablaremos en otro momento.

Resulta que hace unos días, haciendo scroll infinito por redes sociales, llamó mi atención un video sobre el proyecto Panamá: un proyecto que busca comprar, escanear y destruir millones de libros con la finalidad de “entrenar” a Claude, un programa de inteligencia artificial que, por lo que entendí, se encargará de analizar y, de ser necesario, modificar los libros.

Esa escena me pareció de lo más cercano a 1984: Winston recibe documentos para modificarlos y después desecharlos o quemarlos, para que nunca sean encontrados y así el Gran Hermano conserve la verdad absoluta.

(Meter “2+2=5”, de Radiohead)

“Quedarás hueco. Te sacaremos todo para rellenarte de… ¿qué crees? De nosotros…”

Las movilizaciones sociales de los últimos días no son más que el reflejo de un sistema que no funciona: un sistema que te quiere obediente, callado, sin cuestionar. Un régimen autoritario donde tu mayor preocupación sea seguir generando para el Gran Hermano, para el sistema.

En un mundo donde las minorías son ignoradas y donde lo único que importa es quién tiene más poder, siempre existirá la esperanza de que, cuando el pueblo se dé cuenta del poder que tiene, el sistema colapse. Como dice el señor Orwell: “Hasta que no sean conscientes de su fuerza, no se rebelarán, y no serán conscientes hasta haberse rebelado”.

La teoría del esclavo satisfecho, de acuerdo con un artículo que leí en internet, está basada en la “aparente satisfacción de una persona en una situación de sumisión o abuso, a pesar de su insatisfacción interior”. Y si eso lo trasladamos a nuestra cotidianidad o a nuestra forma de ver el mundo en la actualidad, pensamos en el autoritarismo, en el deber ser y hacer, en la recompensa.

Inmediatamente pienso que la recompensa es pasar horas y horas en el teléfono imaginando una vida como las que vemos en redes sociales. Pienso mucho en el tiempo que paso viendo TikTok y en cómo siento que eso me ha cobrado factura, porque me cuesta más trabajo concentrarme, incluso ahorita que estoy escribiendo esto.

Pienso en todas las veces que he querido ver una película y sigo esclava de la recompensa inmediata que es el teléfono; si una parte de la película me parece aburrida, recurro a él como refugio ante ese aburrimiento de cinco segundos.

También pienso en cuánto nos está dañando esta esclavitud en la forma en la que pensamos. Es decir: cómo la inteligencia artificial nos convirtió en personas más dependientes del teléfono, cómo nos redujo la capacidad de razonar, porque fácilmente buscamos una respuesta en ChatGPT. ¿En qué momento dejamos de ser tan humanos?

¿Será que por eso nos sentimos vacíos todo el tiempo?

“La doctrina del partido implica no pensar, ni requerir el pensamiento. Nuestra doctrina es la inconsciencia”.

Algo que llamó mucho mi atención dentro del libro fue la relación entre Winston y las mujeres. En primera instancia está su “odio” por Julia, al principio; después, la relación con su mamá y el trato que les daba tanto a ella como a su hermana; luego, la relación con su esposa, a quien nunca más volvió a ver. Más adelante, su vínculo con Julia se convierte en un romance que termina en un final triste y desolador.

Está también la nostalgia con la que recuerda a su madre y a su hermana, y el poco tiempo que tuvo para convivir con ambas. La nostalgia de un pasado que aparece y se desvanece casi de inmediato, como si sus pensamientos también fueran espiados por la gran pantalla, como si su mente también les perteneciera a ellos.

La escena de Winston mirando por la ventana a una mujer que cuelga su ropa mientras tararea una canción, después de haber estado con Julia y de leer el manifiesto, anuncia el final. A mi mente llegó, como por arte de magia, Five Years, de David Bowie: desolada, sin esperanza, hablando de la sentencia de una muerte anunciada.

Recuerdo que, cuando estaba terminando el libro, pensaba que no quería que terminara. Creo que, en el fondo, sabía que la historia me dejaría un hueco en el corazón y una reflexión con la que sigo cargando hasta ahora.

Los últimos capítulos me costaron más de lo que ningún libro me ha costado terminar. Desde la captura de Winston hasta la tortura con ratas; desde la “traición” hacia la mujer que amaba hasta su aceptación del Gran Hermano. El libro nos muestra el final de un hombre que tenía ganas de cambiar el mundo o, por lo menos, de documentar lo que realmente estaba pasando.

Cerré el libro y no voy a mentir: una lágrima se escapó de mis ojos. Sonaba Fake Plastic Trees, de Radiohead. Me recargué toda en la silla de mi trabajo, porque sí, terminé de leerlo en mi trabajo explotador, quizá como un acto de rebeldía.

Pensaba en el final. Creo que lo que más me pesó fue imaginar que quizá yo también ya me rendí ante el Gran Hermano, ante el sistema. Pensaba que probablemente ya acepté mi destino de ser esclava de un sistema que no funciona. Quizá yo también ya caminé por el pasillo hacia la habitación 101. Quizá el mismo sistema ya me disparó en la cabeza desde hace tiempo. Quizá ya acepté al Gran Hermano. Quizá ya acepté que 2+2=5.

“No pueden penetrar en nuestras almas. Si sentimos que amerita seguir siendo humanos, aunque nada positivo aporte, entonces los habremos vencido”.

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