Si estuviste ahí, probablemente todavía lo recuerdes.
No hablo de los conciertos. Ni de los videos en MTV. Ni siquiera de cuando sonó por primera vez Welcome to the Black Parade.
Hablo de ese momento extraño en el que parecía que el mundo entero había decidido contar una historia sobre My Chemical Romance que no tenía nada que ver con la banda que nosotros conocíamos.
El 31 de mayo de 2008, mientras internet todavía olía a MySpace, Fotolog y perfiles llenos de HTML mal pegado, cientos de fans de MCR se reunieron en Londres para protestar contra el periódico británico Daily Mail.
La consigna era simple.
My Chemical Romance no era un culto.
Y aunque hoy pueda sonar absurdo, en aquel momento era necesario decirlo.
Unas semanas antes, el 9 de mayo de 2008, My Chemical Romance había cerrado la gira de The Black Parade con un concierto en el Madison Square Garden.
Era el final de un ciclo monumental.
Durante casi dos años, la banda había recorrido el planeta convertida en uno de los nombres más grandes del rock alternativo. El desfile negro había pasado por todos lados y parecía imposible imaginar que algo pudiera detener ese impulso.
Pero entonces ocurrió una tragedia.
La muerte de Hannah Bond, una adolescente británica de 13 años, desencadenó una tormenta mediática que terminaría colocando a MCR en el centro de una discusión para la que nadie estaba preparado.
El monstruo que los medios ayudaron a crear
Para entender lo que pasó después hay que recordar cómo era el panorama entre 2005 y 2008.
Durante esos años, una enorme cantidad de medios decidió simplificar todo.
Si una banda usaba ropa negra, tenía guitarras distorsionadas y atraía adolescentes, automáticamente era emo.
No importaba si sonaba punk, post-hardcore, pop punk, rock alternativo o cualquier otra cosa.
Todo era emo.
MCR quedó atrapado en esa maquinaria.
Revistas, canales de televisión, portales musicales y programas juveniles vendieron la idea de que la banda era la cara visible de una supuesta “cultura emo”. Una etiqueta que terminó creciendo mucho más allá de cualquier cosa relacionada con la música.
Y cuando Hannah murió, algunos medios encontraron el culpable perfecto.
Daily Mail publicó artículos donde presentaba a My Chemical Romance como una banda obsesionada con la muerte, sugiriendo incluso que The Black Parade funcionaba como una especie de glorificación del suicidio.
Para cualquiera que hubiera escuchado realmente el disco, aquello era ridículo.
Pero los titulares nunca estuvieron interesados en los matices.


Lo que muchos vimos con nuestros propios ojos
Hay algo incómodo de recordar para quienes vivimos aquella época.
Porque sí, muchas de las cosas que los medios decían eran exageraciones grotescas.
Pero también es cierto que existían fenómenos reales que nada tenían que ver con MCR y que terminaron mezclándose en la conversación.
Entre 2005 y 2008 aparecieron grupos de adolescentes que adoptaron conductas autodestructivas como parte de una identidad estética.
La autoflagelación se volvió un tema recurrente.
Se hablaba de ello en escuelas.
En plazas.
En foros.
En reuniones de fans.
Y quienes estuvimos allí sabemos que no era una leyenda urbana inventada años después.
El problema es que muchos medios tomaron ese fenómeno y decidieron atribuírselo directamente a una banda que llevaba años diciendo exactamente lo contrario.
Gerard Way pasaba buena parte de los conciertos pidiendo a la gente que no se hiciera daño.
Las letras insistían en sobrevivir.
Las entrevistas repetían el mismo mensaje.
Pero eso no vendía periódicos.
El día que el MCRmy salió a la calle
Entonces llegó el 31 de mayo.
Y ocurrió algo que hoy parece casi imposible.
Los fans se organizaron.
No para defender una moda.
No para defender una estética.
No para defender una etiqueta.
Salieron a defender una idea.
La de que el arte estaba siendo tergiversado.
La de que una tragedia humana estaba siendo utilizada para construir un enemigo conveniente.
La de que My Chemical Romance no era responsable de algo que jamás promovió.
Mientras algunos periódicos se burlaban llamándolos “emos defendiendo a su banda emo”, cientos de personas se reunían pacíficamente para decir algo bastante razonable:
“Escuchen las canciones antes de hablar de ellas”.


Una herida que terminó entrando a las canciones
Con el paso de los años resulta difícil no encontrar rastros de todo aquello en la música posterior de la banda.
Cuando Gerard Way describió las sesiones que terminarían convirtiéndose en Conventional Weapons como una reacción a los años de The Black Parade, muchos fans entendieron inmediatamente a qué se refería.
Canciones como Kiss The Ring, Save Yourself, I’ll Hold Them Back, The Only Hope For Me Is You, Burn Bright o incluso la versión definitiva de The World Is Ugly parecen atravesadas por una misma obsesión:
La necesidad de seguir adelante cuando el mundo insiste en malinterpretarte.
La necesidad de encontrar esperanza cuando otros quieren vender desesperación.
Y luego todo desapareció
Quizá lo más extraño de toda esta historia sea cómo terminó.
Porque para 2009 la famosa explosión emo prácticamente se había evaporado.
Las comunidades comenzaron a vaciarse.
Los fotologs quedaron abandonados.
Los perfiles de MySpace dejaron de actualizarse.
Las modas cambiaron.
La mayoría siguió adelante.
Pero My Chemical Romance siguió existiendo.
Y los fans también.
Por eso, cuando hoy alguien intenta resumir la historia de la banda con una sola etiqueta, muchos de nosotros reaccionamos de inmediato.
No porque nos moleste una palabra.
Sino porque recordamos lo que ocurrió cuando esa palabra se convirtió en una caricatura.
Recordamos los titulares.
Recordamos las acusaciones.
Recordamos las burlas.
Y recordamos aquel día de mayo de 2008 en que cientos de personas salieron a la calle para decir que había una diferencia enorme entre la realidad y la historia que algunos querían contar.
Dieciocho años después, sigue siendo una de las páginas más extrañas, más olvidadas y más importantes de la historia del MCRmy.
Porque fue el día en que los fans dejaron de hablar de música por un momento.
Y empezaron a defender la verdad detrás de ella.
